Publicado: 9 de noviembre de 2021

Para saber hablar es preciso saber escuchar

El habla es algo completamente natural para nosotros. Es tan natural que casi damos por sentado el proceso de aprendizaje durante la niñez, el enriquecimiento constante de nuestro vocabulario, y la forma en que interactuamos entre nosotros a través de este mecanismo, que parece ser único entre los seres vivos de este planeta.

Pero si bien el habla parece ser algo exclusivo de los humanos, no somos los únicos que lo hemos desarrollado en la naturaleza. Existen otros animales que también se comunican entre sí, como ballenas, delfines, elefantes y algunas especies de murciélagos y aves cantoras, pero en estos casos más que hablar tendríamos que decir que vocalizan

Volvamos a nosotros ¿Sabemos bien qué partes de nuestro cuerpo participan de la vocalización? Tenemos claro que los labios, la lengua, la mandíbula y las cuerdas vocales son esenciales a la hora de producir diferentes sonidos, pero no hay que olvidarse de la importancia de la respiración, y mucho menos del papel central del cerebro, que es quien coordina a todos estos componentes para que podamos producir la gran variedad de sonidos que nos permiten comunicarnos. 

Conocer qué partes del cerebro están involucradas en la vocalización es esencial para comprender, entre otras cosas, cómo se produce el aprendizaje en las etapas más tempranas del desarrollo. Hacer este tipo de estudios en humanos puede ser muy dificultoso, por eso en el laboratorio de la Investigadora Ana Amador (Instituto de Física de Buenos Aires, FCEyN-UBA) trabajan con otro tipo de animales que también aprenden a vocalizar desde su nacimiento, y que además manejan una serie de sonidos bastante complejos para comunicarse entre sí: las aves cantoras, en particular el diamante mandarín.

En este video podés escuchar el canto del diamante mandarín.

En estas aves existe una región del cerebro conocida como HVC, que participa nada más y nada menos que del aprendizaje, la producción y el mantenimiento del canto del ave. Para ello coordina los mensajes que le llegan desde las neuronas de la región auditiva con aquellas que se van a encargar de regular los músculos de la zona que genera el canto, que incluye los de la siringe (equivalente a nuestra laringe) y a aquellos que regulan la respiración, entre otros. A todo esto, hay que sumar la red de neuronas que van a generar las conexiones necesarias para establecer el aprendizaje de la canción.

La actividad de las neuronas de la región HVC puede ser evaluada en el laboratorio, y gracias a este tipo de mediciones pudo observarse una de las características más asombrosas de este sistema: las neuronas encargadas de recibir los estímulos auditivos son capaces de reconocer solamente la canción de otro diamante mandarín, ¡aunque el ave se encuentre dormida con anestesia! Esta capacidad tan particular es la que les permitiría aprender el canto a partir del sonido que produce un individuo de su propia especie, para luego poder reproducirlo con precisión. Una vez que ese canto se ha establecido, se mantiene por el resto de sus vidas.

Por supuesto que el aprendizaje del habla en humanos es mucho más complejo, pero este tipo de trabajos nos dan una pista sobre cómo las diferentes regiones del cerebro podrían interactuar para que aprendamos a vocalizar en base a lo que escuchamos en nuestros primeros meses de vida. A lo largo de este proceso de aprendizaje tenemos muchas cosas en común con las aves cantoras, como la existencia de una corteza auditiva en nuestro cerebro (equivalente a la región auditiva de las aves), o la coordinación -para la producción de sonidos- entre los músculos respiratorios y los de la zona vocal (pico y siringe en aves, boca y laringe en humanos). Obviamente tampoco podemos dejar de lado la complejidad existente entre lo que aprendemos nosotros y las aves, lo cual se refleja, entre otras cosas, en los tiempos de aprendizaje de vocalización, que van de los 90 días en el diamante mandarín hasta varios meses o años en humanos.

No por nada en el pasado a los grandes cantantes se los bautizaba con nombres de pájaros, como nuestro “zorzal criollo”, Carlos Gardel. Parece que la ciencia está demostrando que las analogías entre aves y humanos van más allá de los simples nombres o de su bello canto.

Autor: Alberto Díaz Añel
Para la SAN

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